Convivència democràtica

Wednesday, August 03, 2005

AMOR PARA SANAR (Conviv�ncia democr�tica)

Conviv�ncia democr�tica

Necesitaba sentir que puedo volver a renacer en un dulce beso, que puedo vibrar con una mano que acaricie mi pelo y que la piel se me erice al sentir esos besitos detrás de la oreja.

Algo así como lo del refrán del 'clavo que saca a otro clavo, o sea, que "La mejor forma de olvidar un amor es con otro gran amor".

Por eso tomé, sin pensarlo mucho, el primer avión a Berlín, después de recibir el mail de ..X.., un inconcluso y delicioso amor. El mail me decía: "Ya son dos veces que me dejas aquí, enamorado a kms. de distancia, agarrado a una nube abandonada por el viento."

Cuando fuí a su casa para despedirme y volver a la mía....tenía tiempo suficiente para que conversáramos, pero no el suficiente par quitarnos la ropa....... Aquel día hablamos de lo triste de no haber aprovechado el largo tiempo en que viajamos juntos, para probar a ver qué pasaba. Me acompañó al aeropuerto, y mientras me iba a la puerta de embarque, me deseó me quiso con determinación. Lo ví. Con esa mirada felina y caricias apropiadas, me demostró, nos demostró a nosotros dos, y al mundo, lo grande que hubiera podido ser.

Ahora, en Berlín, nos hemos abrazado y sudorosos bajo los rayos del sol, andamos paseando por Alexander Platz, y en mi mente está el recuerdo de nuestra despedida. Aquel día que le dejé entendí algo revolucionario y hasta entonces totalmente desconocido para mí: no es la prisa la que nos hace vivir más cosas, sino tener más momentos como ese".

Y ahora, amigas mías, estoy en Berlín, recelosa, pero él, tan perceptivo como siempre, porque creo que tiene el don de leerme los pensamientos incluso vía e-mail, me llevó a su casa y me desvistió con cuidado, reconociendo mis formas, amoldando sus manos a mis pechos a plena luz del atardecer. "Pareces una niña pequeña, asustada porque no te vayan a dañar. Déjame quererte, sólo quiero hacerte bien".

Luego, ya la luz de la mañana entraba por la ventana. mientras él dormía abrazado a mi cuerpo, yo pensaba que no tenía ganas de seguir huyendo. Nos duchamos juntos, jugando a enjabonarnos todo el cuerpo, a lavarnos el alma y a besarnos como si ese fin de semana fuese para siempre, como si la magia vertida durante esas 72 horas nos alcanzara para el resto de la vida.

Salimos a comer, pero por la noche me puse a cocinar y él me ayudó, pelé patatas y corté cebollas. Puse los filetes a la plancha. Sé que no es un gran trabajo, pero hay que darse cuenta de que las pequeñas señales traen grandes avances.

Será por eso que, cuando volví a Barcelona, fuí risueña y locuaz a mi parada habitual de la Boquería y llené la nevera como hacía meses que no la llenaba.








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